Una revisión de la teorización sobre la metáfora en el tratado I de La metáfora viva de Paul Ricoeur
El libro La metáfora viva, publicado en 1975 y traducido al español en 1980 por Agustín
Neira, realiza un abordaje fenomenológico de la metáfora con una metodología
hermenéutica. Su itinerario especulativo, en palabras de su mismo autor, es el siguiente:
“comienza en la retórica clásica, atraviesa la semiótica y la semántica y termina en la
hermenéutica.
El paso de una disciplina a otra sigue el de las unidades lingüísticas
correspondientes: la palabra, la frase y el discurso” (Ricoeur, 1980: 11).
El autor considera que desde Aristóteles se ha tomado a la palabra o nombre como unidad
de base de la metáfora. Señala, además, que el estagirita sitúa su análisis en el cruce de la
retórica y la poética. En cuanto a la retórica, se consideró a la metáfora como una figura del
discurso consistente en un desplazamiento del sentido de la palabra. La retórica culminó,
según Ricoeur, en la clasificación que tomó como criterio el tipo de desviación –o tropos–
que se daba en la significación de las palabras.
El autor habla de una “transición entre el nivel semántico y el hermenéutico”, que parte del abordaje del problema de la innovación semántica, la creación
de una nueva pertinencia semántica. No avala la aproximación a este asunto desde una
teoría de la sustitución, sino que retoma la idea de Aristóteles de que metaforizar es percibir
la semejanza, se trata de un “ver como” (expresión tomada de Wittgenstein), percibir lo
semejante dentro de lo desemejante.
En el nivel hermenéutico, que corresponde al discurso, surge la problemática del sentido y
la referencia del recurso metafórico. Luego, se centra en la condición de ficcionales de los
discursos literarios, característica que deja abolida la posibilidad de una referencia externa a
la literatura misma. Por esa razón, habla de una “referencia poética",
que no sería sino una referencia de segundo grado.
Ricoeur finaliza su introducción a La metáfora viva anticipándose a las posibles
confusiones que se generarán respecto de la intención de su obra: “[La obra] no pretende
reemplazar la retórica por la semántica ni refutar una por otra; quiere legitimar cada punto
de vista dentro de los límites de la disciplina que le corresponde y fundar la concatenación
sistemática de los puntos de vista sobre la progresión de la palabra a la frase y de esta al
discurso” (Ricoeur, 1980: 15).
Se puede concluir que Ricoeur hace un estudio epistemológico
pormenorizado de la retórica como ciencia y, en menor medida, de la poética. Sus análisis
buscan llegar a aclarar dos puntos: en primer lugar, en qué consiste la metáfora y, en
segundo lugar, qué función poética y retórica posee esta. La definición de la metáfora es
llevada a cabo por Ricoeur desde la plataforma aristotélica de manera exhaustiva, la
explicación de la estructura de la misma (la transposición) también resulta satisfactoria y
abre interesantes líneas de investigación, como lo es la de la metáfora como base de la
transgresión categorial, a la vez que la de su misma generación.
Uniendo los aportes de Ricoeur a los de autores de la teoría moderna de la metáfora es
posible definir la metáfora como un fenómeno conceptual o proceso de pensamiento por el
cual se comprenden dos entidades (representadas por palabras, pero comprendidas en
discurso) como semejantes, razón por la cual se realiza la denominación de una de ellas con
el nombre de la otra. La función eufemística principal de la metáfora es la de nombrar un objeto desagradable o
los efectos desagradables de un objeto, sin generar incomodidad en los interlocutores.



